Poesía Contemporánea del Ecuador

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Antes que culmine la primera mitad del Siglo XX aparecerán los poetas que dejarán atrás “una nostalgia de cisnes, el anhelo de París” y los refinamientos de “los paraísos artificiales” y se arribará a los mayores poetas de la poesía contemporánea del Ecuador; con representantes tan individuales como sus pares de cualquier parte del continente. Tal el caso de Hugo Mayo (1898-1988), el más vanguardista de todos, Jorge Carrera Andrade (1903-1978), con una obra monumental y espléndida, digna de ser colocada en los índices de la mejor poesía escrita en lengua española. Pero también están Alfredo Gangotena (1904-1944), poeta curioso que escribe y publica en francés, y Gonzalo Escudero (1903-1971), con una rigurosa disciplina en la forma del poema. Estos poetas nos colocan de lleno en la vanguardia de la poesía Latinoamericana junto a Neruda (1904-1973), Vallejo (1892-1938), Huidobro (1893-1948) y otros más, que zafan las amarras de la lengua y la enriquecen renovando la poesía hispanoamericana con una fecundidad diversa que cada vez se ha ido ampliando.
Pero esta vanguardia también se irá ampliando con los poetas que llegan después, para el caso ecuatoriano, César Dávila Andrade (1918-1967), poeta extraordinario de difícil clasificación. Efraín Jara Idrovo (1926) y Jorge Enrique Adoum (1926), en los dos casos, poetas en plena actividad. Adoum a quien Pablo Neruda llamó: “fina flor de la poesía” empezó siendo nerudiano, en un tiempo en el que todo el mundo era nerudiano, pero que él tuvo la suerte de ser secretario privado del gran chileno. Sin embargo, solo a partir de Los cuadernos de la tierra, particularmente a partir de Dios trajo la sombra, que es el tercero de esos Cuadernos… siente que se ha quitado de encima esa sombra gigante que fue Neruda, y su poesía expresa el desgarramiento y un hondo compromiso social. Efraín Jara Idrovo tiene un tránsito más experimental en su poesía que empieza a aparecer desde 1947 y que viene de las raíces modernistas y vanguardistas para instalarse como una muestra de la más acabada poesía contemporánea hispanoamericana que se escribe en esta parte de América. Jara Idrovo, huye de sí mismo para encontrarse, por eso se refugia en Galápagos, en esas islas de naturaleza pura, metáfora del cosmos, donde intenta tener las respuestas al tiempo y su existencia.
En este punto siento como si a toda costa quisiera hacer visible una poesía imaginaria. Mas me pregunto: ¿existe una poesía ecuatoriana? Porque si nos fijamos en el mapamundi de la literatura, veremos que el Ecuador, limita al norte con Gabriel García Márquez y al sur con el poeta César Vallejo. Y que lo que atraviesa el territorio ecuatoriano es una línea imaginaria.
Efectivamente, Ecuador, en el concierto de la literatura universal, no es ni siquiera una línea escrita, sino algo inexistente y tan imaginario que hay que remarcarlo con una carga de ceros: Latitud 0° 0´ 0″. Pero los poetas ecuatorianos, generación tras generación han tenido lecturas más libres del mundo. Tal el caso de Francisco Granizo (1928), Carlos Eduardo Jaramillo (1932), David Ledesma Vázquez (1934 – 1961), Euler Granda (1935), Fernando Cazón Vera (1935) que representan sensibilidades individuales que se alinean a los movimientos poéticos más abarcadores; de afinidades estéticas, temáticas o estilísticas que a su tiempo surgen en América Latina, lo mismo que hacen aquellos poetas del 60, que sacudidos por el desencanto de la Segunda Guerra Mundial, la revolución de las flores y la sicodelia, la revolución cubana, mayo del 68 (francés y mexicano), entran en una sinergia y tratan de tender lazos por toda América Latina, recorre el fantasma de los beat, esos ángeles de fuego de la poesía norteamericana, a quienes se les tratará de imitar en sus happenings y recitales. Desde el primer recital de los beat hay una proclama implícita de una nueva sensibilidad con lecturas de poesía en noches llenas de furor, sitios abarrotados de gente, amándose, ebrios vibrando al calor de los poemas sumergidos en la ebriedad, poemas en los que casi todos los asistentes eran protagonistas. Con este modelo surgen grupos en varias partes de América: El Corno Emplumado en México, El Techo de la Ballena en Venezuela, los Nadaístas en Colombia, los Tzántzicos en Ecuador, el Caimán Barbudo en Cuba, etc.
Los Tzántzicos, que toman el nombre de un ritual de una de las tribus de la amazonía ecuatoriana, y que se autoproclaman reductores de cabezas, por la tzantza (cabeza reducida) que los indígenas elaboraban con las cabezas de sus enemigos. “El nombre es una provocación, un gesto iracundo para llamar la atención sobre la necesidad de cambiar el ambiente estático, esclerotizado, sumiso, y dependiente que se vivía cultural y políticamente en el país”. Es un movimiento que proclama la abolición de una cultura oficial y la instauración de una nueva forma de escribir. Sin embargo, el tzantzismo se queda únicamente en la proclama política, en el gesto y en el acto de lectura, tal vez, Raúl Arias (1944), quien se ha mantenido activo y su libro Poesía en bicicleta (1970) sea uno de sus más auténticos representantes. Luego aparecerán poetas como Javier Ponce (1948) o Alexis Naranjo (1947), este último con una poesía hermética con la que se apela más a la imaginación que al sentimiento.
Mas para aquellos poetas de la generación del 80, mejor será leer de las fuentes norteamericanas: Ginsberg y su séquito pero, además, hurgar en la rica poesía que se escribió por aquellos mismos años en otras partes de América y España: Paz, Lezama, Parra, Pizarnik, Rojas, Cisneros, Á. González, Gelman, Varela, etc.; como se puede apreciar en los poetas que nacen a partir de 1960. Cada uno con una búsqueda personal en la nueva sensibilidad que nos ha deparado el auge de las cibercomunicaciones, la presencia definitiva de las minorías, los cambios climáticos y geopolíticos, la caída del muro, la levantada del muro en México-EE.UU, las guerras vía satélite, la gripe aviar, la Digital Literature, las vacas locas, los galácticos del Madrid y la farándula de barrio, etc. Poéticas que han ido tomando un espacio cada vez más importante, como por ejemplo: Mario Campaña o Fernando Itúrburo, los dos de Guayaquil y los dos, desde hace varios años, residen fuera del Ecuador, con una poesía donde se privilegia lo más inmediato y hasta la polémica en el caso de Itúrburo (1960) sin descuidar su urbe natal insuflando una poderosa visión crítica de su entorno y un recogimiento amoroso muy fresco a la hora de la nostalgia. Por el otro lado, Campaña (1958) con una poesía reflexiva y construida a partir de la indagación en el yo interior, pecador penitente que busca su salvación o solo pretexto para exponer nuestras vidas expoliadas e irredentas por la crudeza de la realidad. En la misma sintonía aunque con distinta temática están Aleyda Quevedo Rojas (1972) y Edwin Madrid (1961), los dos de Quito y viven en Quito. Quevedo quien después de su paso por la poesía amatoria de corte erótico de sus primeros libros, en sus más recientes ha alcanzado una visión de la vida y del amor con las metáforas del desierto, poesía de honda repercusión espiritual ligada al cuerpo y al paisaje interior. Estos cuatro poetas son cuatro rutas de la poesía que se escribe hoy en Ecuador pero no son las únicas, hay más y está muy claro que los ecuatorianos escriben en una pequeñísima parcela de la lengua hispanoamericana que va desde la Península Ibérica hasta la Patagonia, pasando por las grandes comunidades de latinos en U.S.A. más los emigrantes hispanoamericanos en Europa, y desde ese convencimiento contribuyen a enriquecer la lengua española.

Efraín Jara Idrovo
(1926)
Nació en Cuenca, poeta, ensayista y catedrático universitario. En su obra destacan los libros de poesía: Carta en soledad inconsolable (1946), Tránsito en la ceniza (1947), Rostro de la ausencia. Cuenca, 1948; Dos poemas, Cuenca, 1973; Sollozo por Pedro Jara. Cuenca, 1978; El mundo de las evidencias. Cuenca, 1980; In memoriam. Cuenca, 1980; Alguien dispone de su muerte. Quito,1988; De lo superficial a lo profundo (1992), Los rostros de Eros. Cuenca, 1997 y El mundo de las evidencias, obra poética 1945-1998. Quito, 1998.

INVOCACIÓN A LA VIDA
¡Ven a mí, agitación universal,
inmunda Vida amada!
¡Envuélveme en la velocidad de tus llameantes torbellinos,
quebrántame con terrores y relámpagos,
mis huesos pon a sonar
con el sonido demente del festín de las moscas,
ábreme en llaga y abandóname en un pozo de sal!
¡Amor, que los buitres perciban mi poderosa hedentina!
¡Que el perro muerto ola flor pisoteada
me pongan a llorar!
¡Qué en los barrancos calcinados de mis ojos se frustre
la frescura insidiosa de las semillas de las apariencias!
¡Que se agriete mi corazón
igual que los labios del sediento
y mi sexo despierte con un alarido,
como si un enorme cangrejo lo aprisionara entre sus pinzas!
Hiende los muros, ¡Amor,
puta Vida adorada!
Arrásalos con tu cola de planetas enloquecidos;
piedra a piedra demuele
las construcciones del conocimiento.
Dame la sabiduría del puñal,
que sólo cree en la sangre;
la seguridad de la serpiente,
que únicamente fía del veneno;
la libertad del viento que se persigue a sí mismo,
como el alucinado.
Rompe los candados de la locura
y entrégame sus cofres de mariposas aturdidas;
redímeme las gotas corrosivas del antes y el después,
de las esperas
y sus vientres ahítos de relojes congelados;
permite que las relaciones
entre la muerte y yo, sean, apenas,
las del hombre solitario que acaricia su gato.
Y, sobretodo, concédeme que nada me sea indiferente,
que cuanto se desnude en mi ojo
remonte al mundo con nitidez de lámpara o espada;
que todo deje un reguero de vísceras en la conciencia:
la agonía del escorpión dentro del círculo de fuego,
el paladar del prójimo
azotado por las espinas del hambre,
el pequeño fragmento de madera roído por el océano…
Porque si nada de esto
me tritura los testículos, Amor,
es porque hay sitios de mi alma que no conozco todavía…